Vida acusmática: el camino de la escucha a la luz del pitagorismo

Hoy en día y desde hace ya más de medio siglo, en los contextos de la música experimental, la noción de  “acusmática” es ampliamente conocida, principalmente a partir de los desarrollos de la música concreta a finales de los 40, donde se retomó este término desde una perspectiva ligada a la vanguardia musical y la experimentación con lo sonoro.

Sin embargo, el movimiento acusmático propiamente dicho constituye una enseñanza milenaria que comenzó en la escuela iniciática de Pitágoras, en un contexto que no era netamente musical tal y como hoy lo conocemos, o al menos en el cual la música (y especialmente la escucha) no estaba separada de los contextos religiosos, filosóficos y políticos, como veremos a continuación.

Escuchar, significaba una enseñanza esencial, base de todo el camino de sabiduría emprendido en dicha escuela, y particularmente la acusmática es, desde el punto de vista de la antigüedad, una perspectiva de vida; un camino espiritual que se constituye como un proceso de auto-conocimiento y afinación del individuo con el cosmos a partir del musical sonido y la silenciosa escucha.

El contexto pitagórico

El momento de la filosofía pitagórica es enigmático, misterioso y sorpresivo. Aunque no se tienen grandes textos como en otras escuelas y momentos de la historia de la filosofía, la particularidad de la escuela de Pitágoras augura el encuentro con la profundidad de una cultura que hoy en día permanece no sólo en la memoria de algunos, sino también en la base de diversas disciplinas, teorías e incluso prácticas de vida de cada uno de nosotros, como lo son la matemática, la astronomía, la psicología, las artes, etc.

Los pitagóricos son reconocidos por dar respuesta a las causas últimas y la trascendencia a través de un proceso filosófico-místico que, influenciado por corrientes de contextos que lindan con lo egipcio, como el caso del Orfismo; y basándose en el estudio de los números y la geométrica armonía del cosmos, presenta una vía de realización que si bien en gran parte se constituye como una especie de secta o religión, permite a su vez en el individuo, una detallada exploración filosófica, racional y estética.

Pese a la naturaleza esotérica de los iniciados pitagóricos y la carencia de registros y documentación clara que se tiene de esta escuela, es bastante amplio lo que se abarca al estudiar muchos de sus aspectos mitológicos, la riqueza de sus conceptos y las posturas y prácticas que realizaron, donde no sólo la matemática cobró vital importancia, sino también aspectos concernientes a la ética, la medicina, la trascendencia metafísica o espiritual, entre otros.

En tales procesos, la música jugó un papel fundamental, ya que era considerada como una vía expedita a “la corrección de la conducta y la vida humana” (Jámblico 89), un proceso en el cual se integraba la visión cosmológica con la búsqueda de la superación de determinados estados existenciales. Pitágoras “practicaba una filosofía cuyo objetivo era preservar y liberar de determinadas trabas y ataduras la mente” (Porfirio 50) y se dice que sanaba los males del cuerpo y del alma mediante la música y la escucha de la misma, elementos de importancia capital en todos los procesos de la escuela. Por esta razón, oír se convirtió en un arte que a continuación se tratará de esbozar al menos en sus características principales.

La música como esquema del cosmos

“Pitágoras, sirviéndose de un poder divino, inefable y difícil de comprender, aplicaba sus oídos y concentraba su mente en la sublime sinfonía del universo, él sólo escuchando y entendiendo, según sus manifestaciones, la armonía universal y el concierto de las esferas y de los astros que se mueven en ellas.” (Correa 108)

Dicen que Pitágoras tenía un poder sobrenatural con el sonido, una facultad superior que le permitía no sólo escuchar la armonía universal y conectarse sonoramente con el flujo del universo, si no también lograr la capacidad de utilizar las facultades musicales para sanar los males de sus discípulos mediante un mágico brebaje de “ensalmos, ritmos y cantos” (Porfirio 41), con ello proponiendo el sonido y la escucha como un acto de liberación y afinación de la mente; una medicina integral.

Por lo general, muchos de los estudios que se han hecho del pitagorismo enfocan los procesos musicales en el aspecto matemático, la proporción y la geometría de las realidades sonoras, sin embargo hay otros estadios de exploración que fueron realmente importantes en este movimiento místico, como lo es la escucha, que constituía la vía asignada a todos los discípulos de Pitágoras, incluso los que se querían dedicar a conocimientos “más avanzados”. La escucha era, en resumidas cuentas, la iniciación misma y la ruta a seguir; era una vía espiritual, una forma íntegra de cultivo interior.

Probablemente el relato se haya visto afectado en parte debido a la forma como hemos estudiado la historia desde las limitadas fuentes que se tienen, y por otro lado debido a la distinción que, según se cuenta, se realizó en el pitagorismo entre matemáticos (llamados matematikoi) y oyentes (akousmatikoi). Los matematikoi estaban encargados de la matemática, los avances científicos y las exploraciones del conocimiento. Por su parte, los akousmatikoi eran los encargados de escuchar y portar enseñanzas relacionadas con el aspecto de los principios y conocimientos morales y éticos (Correa 20).

No se pretende decir que quienes pensaban en los números no escuchaban y quienes escuchaban no tocaban en ningún momento los conocimientos matemáticos, ya que si bien en cierta medida se parcelaba el proceso de aprendizaje, no podía estar realmente separado puesto que ambas perspectivas estaban constantemente enlazadas, por más que cada lado de la balanza alcanzara su singular profundidad. De hecho, se dice que todo discípulo, sin importar el rol que fuera a tener en la escuela, se iniciaba desde la escucha, desde una invitación al silencio.

En rasgos generales podría decirse que para cualquiera de estos dos frentes, el sonido era considerado como elemento esencial, tanto desde la exploración numérica de la música como desde los procesos de contemplación de la misma. La concepción musical pitagórica constituye un modelo del cosmos; una impecable reflexión de la naturaleza del universo encontrada y ligada al arte de conocer, desde los oídos, todo lo existente; alcanzando así una escucha de la filosofía y una filosofía de la escucha.

La armonía que presenta la geometría se ve influenciada radicalmente por la concepción que se tiene de “música”, logrando encontrar la verdad de la armonía universal tanto en el estudio como en la contemplación de la evidente analogía entre puntos, números, líneas y superficies, con respecto a las notas, los armónicos y los diversos sonidos, sus escalas, instrumentos y funciones; logrando desde allí un modelo musical exactamente proporcional al concebido para los astros, cada uno de los planetas de un sistema e incluso las estructuras de la mente misma, donde la búsqueda de la armonía juega un papel fundamental principalmente en la curación de males, la búsqueda de la liberación y el alcance de la trascendencia.

La verdad tras la cortina: oralidad, escucha y filosofía en los akousmatikoi

Para iniciarse en tal proceso de sabiduría, los discípulos eran dirigidos de forma inmediata al territorio acusmático, donde al parecer se hacía especial énfasis en el hecho de simplemente escuchar y así conocer y aprehender la palabra del maestro sin verlo ni conocerlo en otro ámbito que no fuera netamente audible. Cuenta la historia que los discípulos de Pitágoras debían mantener un silencio generalmente de cinco años ante su maestro (y con ello ante sí mismos) para así “convertir el alma hacia el despojo de lo externo y las pasiones que habitan la mente de los hombres” (Stanley 122), cosa que se ve evidenciada en los relatos de los historiadores que cuentan cómo Pitágoras, a la hora de dar sus discursos, lo hacía de forma acusmática al ubicarse tras una cortina con el objetivo de ocultar todo tipo de referencias visuales o “externas” a lo audible, no únicamente para evitar distracciones sino para enfocar en la importancia de silenciarse y aprender a escuchar, con ello encontrando el verdadero mensaje, oculto y codificado en la palabra hablada.

Cuando se trata aquí la escucha, no se trata sólo de una actitud pasiva ante lo que se oye sino de un proceso activo y de corte espiritual y/o filosófico en el cual, más que llenar de conocimiento la mente del iniciado, se buscaba conducirlo al silencio, entendiendo éste como una forma de “gobernar la lengua” (Jámblico, 127); dominar el logos desde su contemplación profunda, que a su vez representaba un reto indispensable (e inevitable) para los posteriores procesos de escucha y la contemplación de la naturaleza de los números y la armonía.

Narran los antiguos historiadores que los pitagóricos eran generalmente “silenciosos y propensos a escuchar, y entre ellos era especialmente alabado el que era capaz de escuchar” (Jámblico 115). Sin adentrarnos a juzgar entre matemáticos y acusmáticos, encontramos que en ambos casos era indispensable la escucha, pese a que a menudo se piense que los matematikoi eran discípulos superiores a los akousmatikoi. Pero tanto autores contemporáneos que resaltan la importancia de los oyentes (véase Luchte 179) como estudios de los procesos de ambas perspectivas de la escuela pitagórica nos llevan a pensar que no es muy válido decir que en totalidad ocurría lo que se rumora que los matematikoi afirmaban respecto a los akousmatikoi: que eran simples oyentes que se limitaban a recibir enseñanzas al oírlas con atención pero no llegaban a grandes conocimientos.

Es evidente encontrar plausible la valoración de la escuela acusmática de Pitágoras como una forma de conocimiento que no es pobre por ser “simple” su práctica, ya que ser simplemente un oyente, representaba un estado especial de silencio, un dominio de la mente ante las voces tanto internas como externas. Los acusmáticos constituían un elemento singular y más que ser tan sólo un grupo de discípulos, representan una característica esencial de toda la escuela, en la invitación a la escucha contemplativa se ubica como el andamiaje mismo de su filosofía y método de vida.

Akousma: hacia un encuentro con el sonido

En el contexto pitagórico escuchar no es oír por oír, es algo más allá de simplemente percibir señales acústicas que repercuten en el oído. Aquí la escucha se ubica como una ruta de sabiduría en la cual el oyente no se limita meramente a recibir la doctrina en sus conceptos o simplemente conocer las teorías musicales y su belleza, sino también a penetrar en el sonido mismo desde su contemplación y valoración desde la percepción.

La escucha, como ya se dijo anteriormente, era un reto de paciencia, de quietud, un ejercicio exigente de contemplación y atención donde se hacía especial énfasis en el aspecto “akousma” del proceso, es decir en el acto de “percepción auditiva” (Bejarano 69) la importancia de la imaginación que permea los procesos de oír y con ello la valoración del sonido mismo como el mensaje, la señal del sabio, la razón de la transmisión oral que yace más allá del proceso descriptivo y únicamente es posible desde una escucha despojada de artificios.

Para los pitagóricos escuchar no constituía únicamente un espacio de ocio y diversión musical (aunque bien se sabe de sus fogosas celebraciones, danzas y diversos rituales que se practicaban con tal finalidad) ya que la música era en su escuela, un portal de escucha que representa un desenvolvimiento místico: el encuentro de un código sagrado, el regocijo entre el cuerpo y el alma, un completo lenguaje de comunicación más allá de la conceptualización. Aquí se toca especialmente el término akousmata, que designa las enseñanzas y los grupos de “instrucciones aprendidas” (en campos de lo que las cosas son, en campos de la medicina, de las prácticas éticas o místicas, etc), siendo básicamente algo como “sonidos imaginarios” o “cosas escuchadas” (Correa 20), derivados de la enseñanza oral del maestro que, logrando trascender el contexto, se ubican como “símbolos de verdad, fichas de remembranza, códigos de identidad, contraseñas” (Luchte 104) que conllevan a su vez a una experiencia que exige en los procesos de la memorización y la transmisión de la filosofía.

Un sonido sería en este caso escucha, silencio, contemplación sin agregados. Quizás akousma es una palabra que puede funcionar mejor que sonido o escucha porque es capaz de integrar ambos procesos, volverlos uno. A menudo el sonido se entiende como lo externo y la escucha como el acto interno del sujeto que lo percibe, cuando, en cierta medida, sonido y oyente están inevitablemente unidos en una única actividad y espacio. Para el oyente poder escuchar, necesita sonar y para un sonido ser revelado ante la mente, necesita ser escuchado, por lo que akousma podría ser entonces el llamado a un concepto neutro, una noción que unifica el proceso de escuchar y convierte el sonido en verbo, en acción. Y sin arriesgarnos a decir que son lo mismo, podríamos aquí encontrar por lo menos una directa relación a lo que en los contextos de la música concreta se llamó objeto sonoro, constituido desde ese proceso imaginario, esa dialéctica perceptiva que se establece entre sonar y escuchar; un proceso de constante desenvolvimiento de un objeto que se da en la mente como consecuencia del anclaje de la escucha en el fluir de la materialidad sonora, donde el objeto físico/visual no es lo que prima, sino el mensaje sonoro que se desprende, aquella naturaleza audible, su esencia en sí, exenta de todo contexto.

Podría decirse que dentro del contexto pitagórico, es necesario escuchar para saber y saber para escuchar. Las posturas contemplativas que adoptaban en esta escuela griega se fundamentaban en muchos casos en aprender el sonido y no únicamente se exploraba tal perspectiva en el ámbito de los akousmatikoi, debido a que los mismos matematikoi empleaban técnicas de escucha para descifrar los misterios geométricos del cosmos, además de darle usos a la música para develar la realidad y alcanzar la trascendencia desde un proceso de comprensión que, como claman los versos áureos del mismo Pitágoras, llevarían al iniciado a la eternidad que representa “fundirse en el éter”.

En pocas palabras, podemos decir que es factible encontrar que aquello que existe es porque suena, vibra; por ello la escucha, que es la vía más directa para percibir la sonoridad universal, significó para los pitagóricos una ruta fidedigna de realización, quizás la más confiable y desarrollada en su escuela en conjunto con la geometría y los números. Escuchar servía allí para aprender la ingeniería del universo, las emociones y la conciencia como tal. Era sabiduría, liberación, trascendencia, inteligencia, matemática, arte, sanación; todos integrados en ese conocimiento del akousmata, esa red de redes sonoras, la complejidad del sonido alcanzada en la simpleza del silencio desde el cual deviene la escucha como vía de recepción del camino a seguir por la escuela.

Experiencia acusmática y música concreta

Una forma de explorar la consecuencia del término “acusmática” y la continuación de mencionadas posturas de escucha en el pitagorismo es, como ya se mencionó, en el contexto de la música concreta. Basándose en la forma como daba Pitágoras sus enseñanzas, el francés Pierre Schaffer expuso la acusmática en los tiempos actuales y con ello sentó algunas de las bases más importantes dentro de lo que hoy se considera como música electroacústica y experimental. En su Tratado de los Objetos Musicales, comenta: “Hace tiempo ese dispositivo fue una cortina. Hoy, la radio, y la cadena de reproducción, nos vuelven a colocar, como modernos oyentes de una voz invisible, en las condiciones de una experiencia similar” (Schaeffer 56)

Es interesante encontrar cómo a mediados del siglo XX este ingeniero continúa con el legado pitagórico partiendo de la postura del fenómeno akousmata pero llevándolo a otros rumbos y exploraciones ligadas a los procesos modernos que se realizan del sonido y esta vez saliéndose del contexto de la transmisión oral de enseñanzas (como se presentaba en el pitagorismo) para ir a esferas de lo musical, creando un perfecto encuentro entre la ancestral tradición de los oyentes pitagóricos y el discurso y medios actuales de captura, transformación y percepción del sonido.

Desde allí, Schaeffer propone una visión de la música despojada de los artificios de la abstracción musical clásica y decide ir directamente al sonido concreto, lo que llamó objeto sonoro, que como ya se mencionó, denota básicamente el encuentro con el sonido en un estado puro, por así decirlo en su esencia akosumata donde el sonido concreto no es realmente lo concreto en sentido de lo sólido o visual, si no aquel elemento imaginario que surge como “un intervalo entre el registro y la percepción” (Bejarano 73) de los sonidos en sí, un resultado sensible en el que, como comenta el artista Andreas Bick, “la atención se pasa del objeto físico que causa la percepción auditiva hacia el contenido de la percepción”, es decir, un proceso que involucra la reducción desde lo mental, la búsqueda del fenómeno sonoro en su esencia.

“El objeto sonoro se sitúa, entonces, en el encuentro de una acción acústica y de una intención de escucha. Esta intención busca una percepción desnuda del acontecimiento sonoro sin equivocación a otras realidades, sin referencia a gestos, causas, significados, procesos, contextos o instrumentos.” (Bejarano 78)

En esta teoría reduccionista de la denominada “música concreta” se hace evidente el espíritu akousmatikoi no únicamente en la adopción del término y la indagación en la experiencia tras la cortina desde medios tecnológicos, sino también en la búsqueda de métodos contemplativos de la materia sonora, y la postura que se podría encontrar respecto a los matematikoi, ya que Schaeffer, al no ser propiamente un compositor musical sino un ingeniero e inventor, propuso una teoría que no se basaba en la valoración del sonido a partir de lenguajes como la notación musical y la armonía tonal, sino en un método ligado a la creación de un nuevo lenguaje basado principalmente en la raíz de la escucha pitagórica, además de conocimientos modernos como los encontrados en la fenomenología, la psicología gestalt y por supuesto: la física, que llevaría a un nuevo bagaje descriptivo basado en conceptos como forma, espacio, textura, masa, entre otros.

La teoría Schaefferiana constituye una propuesta esencialmente acusmática, desde donde se planteó un método en el cual la nota musical es reemplazada por el objeto sonoro, que tampoco entra a depender de las realidades preestablecidas, abriendo paso a “la identificación de modos de escucha más esenciales que aquellos que dependen principalmente del contexto” (Kane 3), una búsqueda que si bien no se relaciona directamente con las teorías de la proporción armónica en el contrato matemático-musical de los pitagóricos o la enseñanza oral de la escuela, le es en gran medida fiel a cierta intención de los acusmáticos, quienes podrían también, en algunos casos, haber prescindido de los conocimientos del número y la conceptualización para ahondar en la contemplación y comprensión de la señal sonora y lo que ésta representaba en bruto, en su pureza y aunque su proceso semántico era aparentemente el más destacado, no se anula por ello su posible interés estético y alquímico con la sustancia sonora.

La escucha acusmática, ya en el contexto moderno ha sido utilizada principalmente con la finalidad de establecer una conexión directa con el sonido y desde allí incluso analizar y describir las características de éste en un estado concreto encontrado en la práctica fenomenológica en torno a la conciencia sonora, similar a como ya vimos en los antiguos pitagóricos, para quienes escuchar era en muchos casos simplemente estar en silencio, simplemente oír, estar totalmente atento a “lo que suena”.

Para Schaeffer, similar a los sabios antiguos, la experiencia acusmática permite una reducción de los sonidos al campo netamente de la escucha, buscando principalmente hacer énfasis en la atención de los denominados objetos sonoros, para con ello ser conscientes de lo que sería propiamente lo acousmate en francés. Ya en este punto se propone entonces una postura acusmática ante los fenómenos de la realidad misma, en la cual puede intentarse que todo sonido sea escuchado tras la cortina, es decir, despojado de los agregados que no constituyan como tal su estructura sonora.

En esta escuela de la musique concrète la exploración de la realidad desde el sonido se convierte en un proceso contemplativo, atento y cuya adopción permite conocer más a fondo el sonido mismo, no únicamente la música, sino cualquier evento sonoro que suceda en la vida diaria de los oídos, buscando un modo de escucha que “altera y las costumbres y las perezas establecidas y, además, amplía la percepción, afina el oído y permite descubrir otros atributos sensibles en lo sonoro” (Bejarano 87), pudiendo alejarse del origen mismo de los sonidos en el espacio sólido, para ponerlos entre paréntesis y ahondar en lo que se establece en la conciencia de lo sonoro como tal.

Futuros rumbos de la escucha imaginaria

“Para que el ser del objeto sonoro se done, se muestre en plenitud, es menester ampliar y desarrollar la consciencia perceptual e imaginativa del sujeto. [..] Al final, la búsqueda –artística o no- del objeto sonoro, nos traslada a una búsqueda del sujeto, a una búsqueda de nosotros mismos que nos permite encontrarnos, quizá, en el espejo del objeto que es buscado… (Francisco Rivas)

Podemos entender de una forma arquetípica este arte de “simplemente oír”, un modelo de escucha que ha atravesado la historia pero que hoy en día apenas es difundido o practicado en rigor. No habría mucho sentido en el hecho de conocer la escucha pitagórica y la transcendencia de la noción de akousma si no la buscamos rescatar en nuestras formas actuales, de la misma forma a como Schaeffer la retomó en su momento.

Más allá de las perspectivas de la música concreta expuestas en el punto anterior, podemos encontrar que el mundo de hoy ha perdido gran parte de la magia que posee la experiencia acusmática (aunque sus posibilidades aún prevalecen) puesto que el terreno de los fenómenos sonoros aún tiene mucho por revelarnos. La predominancia de lo visual que mantenemos en los tiempos actuales es una clara evidencia de nuestra pobre forma de escuchar y de no comprender el valor del silencio y la escucha que predominaba en territorios como el de los pitagóricos. Es como si perdiéramos el gobierno de nosotros mismos a causa de no dominar la palabra o no saber conocer el sonido en su esencia.

Eso que llamamos sonido se ubica en muchos casos como un elemento secundario, como un pedazo de la experiencia, cuando es realmente el centro de todo. O… ¿Qué de lo que existe, no es o depende del sonido? Incluso para poder pensar necesitamos estar en el universo, en algún punto, aunque sea el más recóndito, sonando, escuchando. La analogía en el contexto pitagórico no representaba meramente una metáfora de música y cosmos, sino una práctica de conocimiento mismo del universo a través del reflejo perfecto que el sonido plantea respecto a lo que conocemos como cosmos. Igualmente, el conocimiento del sonido concreto, aporta una ruta para reducir lo sonoro a sus raíces y encontrar desde allí una práctica de vida que abre las puertas a descubrir nuevas extensiones de lo real.

La escucha puede reactivarse y los modelos perceptivos que bien sabían utilizar los pitagóricos, aún se encuentran entre nosotros. Cada persona puede contemplar el akousmata, conocer el sonido en su pureza, imaginarlo de una forma apropiada; ser capaces de encontrar el mensaje silencioso que subyace en la experiencia y que se esconde de los significados e interpretaciones. La vida acusmática trasciende el mero encuentro con el sonido hacia una manera de conocer la realidad desde otras medidas, convirtiéndose en una ruta de transformación y liberación interior y colectiva; una llave predilecta para experimentar y expandir la los métodos utilizados para conocer todo lo que nos rodea.

Si bien hoy en día prevalecen culturas, religiones y doctrinas en las cuales prima la transmisión oral y la escucha atenta de las enseñanzas y conocimientos, la escucha acusmática propiamente, no predomina en el común vibir, aún cuando representa ante todo un mundanal reto para cada hombre de cualquier época, un despertar que nace en la cotidianidad misma como un encuentro natural que no ha de ser relegado u obscurecido por algún otro proceso. Escuchar, en el mundo de hoy es acercarse a una realidad que no está necesariamente más allá de lo que conocemos, si no que por el contrario, nos permite ir más ahí, penetrar en la naturaleza de los fenómenos sonoros y contemplarlos, en el sentido más profundo de la palabra.

Más allá de encontrar estas perspectivas como un método místico, técnico o altamente complejo, quizás puede convertirse en un ejercicio básico que no ha necesariamente de reemplazar otros asuntos perceptivos o métodos alternativos de exploración sonora; en resumidas cuentas, constituyedo la acusmática como una práctica que más que un método de escuchar, puede entenderse como un elemento integral en nuestra cotidianidad y ubicarse como lo que era en el contexto de los iniciados pitagóricos: una forma de vivir.

Referencias

  • BEJARANO, Carlos Mauricio. Música concreta. Tiempo destrozado. Universidad Nacional de Colombia, 2007.
  • BICK, Andreas. The concept of “sound object” by Pierre Schaeffer. 2008.
  • CORREA, Guillermo. Numerus-Proportio en el de música de San Agustín (Libros I y VI) – La tradición pitagórico-platónica. Universidad de Salamanca, 2009.
  • JÁMBLICO. Vida pitagórica. Gredos: Madrid, 2003.
  • KANE, Brian. L’Objet Sonore Maintenant: Pierre Schaeffer, sound objects and the phenomenological reduction. Department of Music, 621 Dodge Hall, Columbia University, New York
  • LUCHTE, James. Pythagoras and the Doctrine of Transmigration. Continuum: New York, 2009.
  • PORFIRIO. Vida de Pitágoras. Gredos: Madrid, 1987.
  • RIVAS, Francisco. ¿Qué es el objeto sonoro? La fenomenología del sonido en Pierre Schaeffer. 2011
  • SCHAEFFER, Pierre. Tratado de los objetos musicales. Alianza Música: Madrid, 1988.
  • STANLEY, Thomas. Pythagoras: His Life and Teachings. Ibis Press: Florida, 2010.

Escrito por Miguel Isaza, Facultad de Filosofía, UPB Medellín, 2014.